No sé qué tiene México que me atrae tanto. La mística, la magia… el olor intenso que casi se saborea a picante, el color vivo que casi se puede escuchar, el sonido suave que casi se materializa. Regresar a México es profundizar en una parte de mí, porque cuando uno viaja se halla con otras partes de su ser con los que no suele tratar.

Dicen que viajando se conoce uno a sí mismo, y es justamente por eso, porque aprendemos a reaccionar en lugares muy diferentes de los que solemos deambular y porque a veces nos hallamos siendo de otra manera que no nos habríamos permitido en casa. De la mezcla de ambas surge ese conocimiento, porque somos más nosotros, sea lo que signifique eso.

Cuando viajo hago dos caminos, uno hacia mi interior y otro hacia el destino al que voy. México es introspección, es un respirar profundo en que el aire te da vida y te ahoga al mismo tiempo. Es saber tus límites, saber quien eres. Contrastes, por todos lados contrastes, como igual de contrastados somos nosotros, por dentro, por fuera.

Fui a dar dos seminarios, en DF y en Veracruz, y para iniciar un viaje a algunos lugares que me aguardaban. Citas con seres que nadie ve, con montañas que casi nadie escucha, con tumbas que ya se han olvidado. Regresé con muchas cosas, nada en la maleta, pero con muchas cosas. Gracias México.

Grabando el podcast 25 con Toby y Erick

Amar es querer que cada instante de tu existencia tenga sentido, y que tenga sentido en los demás, en lo que damos, se sepa o no proviene de nosotros, de lo más hondo de nuestro corazón. Amar es darse, sin esperar nada pero aún así entregándolo todo, la luz, el tiempo, la esperanza y la vida.

Vivir es hallar la manera de amar constantemente, de ser un adicto al amor que se sabe sin cura, un caminante de mundos eternos que no busca, sino encuentra. Vivir es ser un mendigo de abrazos y besos, un vagabundo del cosmos de almas, aterrizando cada día en lo más profundo de cada ser que hallamos.

Amar es vivir, vivir es amar. Porque sin amar la vida no tiene sentido como el que amor es en sí respirar cada instante, consumir cada segundo. Amarte es vivir tu vida a mi lado, mi vida a tu lado. Vivirte, porque tú eres yo y yo soy tú y así lo hemos pactado. Amarte en todas las cosas, las que me aman y las que me niegan. Encontrarte en todo lo que amo, porque vives en mí; amarte en todo lo que vivo, porque allá te encuentro.

Un baile, el primero y el último, y todos los infinitos que danzamos en medio. Amarte es darte todo, hasta que no quede nada, porque nada soy si no te amo.

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Es de noche aún. Hace frío, tanto que casi no puedo sacar las manos del abrigo y coger la cámara. Me gusta ver la realidad a través del visor, pero espero al momento adecuado con ella colgando sobre mi pecho porque se me congelarán los dedos. Aún no, la luz todavía no ha llegado, está de camino.

Algunas aves se desperezan en las ramas que surgen del agua y al fondo veo una que abre sus alas buscando un rayo de sol que las desentumezca. Tomo la primera fotografía. Poco después la luz llega, inunda todo, tomo la segunda.

La niebla comienza a inquietarse. La superficie del lago cambia su temperatura y el aire comienza a circular. El baile comienza, la danza de la luz y la niebla, del agua y el frío. Esa misma ave emprende el vuelo, quizás buscando ese sol, esa luz, ese calor. La sigo con la cámara y el 85 apenas me da para deleitarme con sus alas agitadas al viento, seguro húmedas, frías, anhelando ese primer rayo de vida. Y llega, por fin llega.

Una cortina dorada empapa mis ojos. Siento en mi rostro una caricia cálida y no puedo más que cerrar los ojos, bajar la cámara y sentirla. Así quedo unos minutos, embelesado de sus caricias, sintiéndome parte de cada fotón de luz que atravesó el espacio durante poco más de ocho minutos. Nació de una estrella incandescente hace unas breves inspiraciones mías y llegó hasta los poros de mi piel, ¿no parece magia? Yo así lo siento.

Trato de todos los días sentir este baño, al amanecer o al atardecer. Sentir al hermano sol bendecirme a la vez que a su hermana la tierra. No, no estoy loco, hermano sol, hermana luna. Así lo siento y no me avergüenzo de decirlo. Cada árbol, cada ave, cada piedra, cada hoja, siento sus espíritus, sus esencias. Cada estrella, cada brizna de hierba, cada flor, hasta mi cámara y el teléfono que hace sonar esta música en mis oídos. Todo está vivo, porque yo lo estoy, todo es esa danza inmensa, ese baile de amor.

Hace años me hubieran quemado en la hoguera, bueno, de hecho lo hicieron, y cosas peores, por sentir así, por hablar así. Ahora gracias al cielo es diferente y puedo compartirlo, incluso aquí, delante de miles de personas cada día. Recuerdo mucho, de hace muchos siglos y eones, pero… eso no es lo que me hace ver la vida así. Todo eso está integrado en nosotros, lo sentimos, pero nos da miedo y lo bloqueamos.

Sentimos cómo se eriza la piel y cómo nos recorre un escalofrío por la espalda al escuchar esta música subir, al sentir, al leer o ver alguna fotografía. Y lo hacemos porque entramos en comunión con lo que hacemos, con lo que contemplamos. Entramos en vínculo con ese amanecer, con esa ráfaga de viento en nuestro rostro, con ese sentir que estás vivo, ahora, en este preciso instante.

Y nada importa, nada más; eres tú y todo, todo y tú. Eres parte de cada montaña, cada árbol, cada ser cuyo corazón late, cada ola del mar, cada tormenta del cielo. Después de unos instantes regreso. Sonrío, porque vuelvo a ser yo, o al menos a que las fronteras de mí sean físicamente mi piel y mis huesos. Sonrío porque sé que no fue un sueño, sino que soy todo eso y todo eso soy yo.

Retomo la cámara y siento como el sol ha cambiado completamente la temperatura del lugar. Sigo caminando y dejo la cámara caer. Ahora tomaré fotos, pero con mi alma, solo esas otras eran para compartir. Subo una ladera, trepo por las rocas y siento el agua correr. La respiración se me hace agitada, me siento vivo y el vaho que surge de mi boca me recuerda la niebla serpenteando sobre el agua. Camino, llegaré a casa y guardaré estas fotos hasta el momento en que mi corazón diga que es el momento de compartirlas. Ese momento es ahora. Antes y ahora fundidos, no hay ni antes ni ahora, solo un ahora intenso, inmenso, entero, una danza, el baile de la luz.

A veces antes de que amanezca incluso, después de llevar a mi hijo y a mi esposa a la ciudad, regreso y paseo por el bosque aguardando que el sol comience a bendecir todo lo que encuentre a su paso. Sus cálidos abrazos inundan de luz y calor una atmósfera empapada en rocío. Todo son colores fríos que se truecan en tonos cálidos, fundiéndose como manos que se entrelazan.

Medito, pienso y reflexiono. Hoy particularmente el porqué algunos se enfadan conmigo cuando digo que me gusta hacer tal o cual cosa de cierta manera. Si digo que amo fotografiar así o crear álbumes de tal forma se sienten ofendidos porque dicen tener ellos opiniones diferentes. ¿Quién dijo que debiera ser así siempre? Es sólo mi opinión, en mi lugar, en mi rincón. ¿A qué tanta polémica?

Pasan los instantes y aún es de noche. Una última estrella palpita de frío. Siento que si digo que amo este amanecer muchos se enfrenten a mí diciendo que sus amaneceres son más hermosos. No lo sé, sólo digo que amo este, este instante preciso, porque lo ven mis ojos, porque lo siento, es mi amanecer, nada más.

Sólo deseo que de sus corazones la niebla opaca desaparezca y vean lo que realmente hay. Sólo mi opinión; acepto que sea la de muchos, y que miles de personas sigan mi palabra, incluso que algunos piensen que por seguirme tanta gente parezca más poderosa, firme o vehemente.

Pero no, es sólo eso, mi palabra, mi reflexión, mi humilde opinión. Ya bastante me ha costado aceptar de nuevo que tanta gente esté pendiente de lo que diga o deje de decir. Es mi opinión. Y si sólo es eso, ¿Por qué levantarse? No es para tanto, uno que ama lo que hace y comparte lo que siente, nada más.

Cuando llega el invierno la superficie del lago está cubierta de un abrazo de niebla. En el justo instante en que el sol se asoma por primera vez, la niebla se despereza y comienza a jugar, inquieta y danzarina, casi hipnótica. Apoyado en un árbol, con mi cámara inmóvil y serena, tomé casi setenta fotografías. Esto es lo que contemplaba, ahora puedo compartirlo con vosotros. Pero recordar, es sólo mi punto de vista, nada más. Os amo, a quienes me miran bien y a quienes no lo hacen. Ni siquiera espero que cambien de parecer, sólo que hallen la felicidad y la paz en sus vidas, de corazón.

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Amo la niebla. No sé, tiene algo mágico, algo que me mueve a desvelar qué oculta tras de sí. Fotográficamente la niebla es magia pura, porque esconde cosas y la luz se vuelve especial, muy especial. Es un camino hacia el infinito, porque ni siquiera hay horizonte. Caminar y caminar hacia la densidad, adentrándonos en la nada, en la nube. Estoy planeando cómo jugar más con ella, y aunque es complicado porque dependo de la naturaleza seguro que algo se me ocurre. Quizás mi amor por el desenfoque selectivo y los tillshift tienen algo que ver con la niebla.

Eso, un viaje, este verano, al fin del mundo, buscando el frío, huyendo del calor. Portugal, Galicia y regreso. Mi esposa, mi coche y de vuelta un gato como polizón. El resto en imágenes, probando el Nikkor 45 2,8 descentrable Till-shift. La otra parte del viaje está en el post El viaje de Yoshiro, con la foto del gato polizón y su historia.