Supongo que a estas alturas todos conocerán la obra de Gregory Colbert, uno de mis fotógrafos favoritos y de donde me inspiro mucho aunque nadie crea que puede inspirarse un fotógrafo de boda, jaja. Si no lo conocen, «deben» conocerlo y aquí comparto algunas de mis imágenes favoritas.

Hay mucha información en la red sobre él y su exposición Ashes and Snow (Cenizas y nieve), que ha sido la exposición más visitada del mundo y la historia, y ojo, es un fotógrafo, no un pintor. Aunque podríamos discutir mucho si sus imágenes son cuadros o fotografías. Para los que ya estén pensando que tienen más de photoshop que de lente que vean el vídeo que pongo al final, pues grabó tres vídeos en esta serie. Sencillamente impresionante, poesía pura, amor puro, sencillamente sencillez.


Tus alas dejaban de batir y caías en giros hacia el suelo, abatida, dejando una estela de amor a tu paso. Tus alas estaban rotas, el cielo ya no era tu hogar, ya no eras libre viento que acaricia el rostro. Te he visto morir muchas veces. Algunas fue en campos de batalla rodeados de humo y olor a pólvora, otras en plena naturaleza, herida de muerte. Varias ocasiones enferma yaciendo sobre un lecho te vi partir y por mucho que te abrazara o llorara no pude retenerte a mi lado.

Todas y cada una de ellas traté de darte la mano, de agarrarte fuerte y que me sintieras lo más cerca que pudiera, al menos mientras te sentía latir. No siempre, pero hubo momentos en los que, como ahora, recordaba haberte visto marchar, y mi tristeza se empapaba de cierta alegría, o, mejor dicho, de esperanza. Sabía que el amor que nos unía no se acabaría con la muerte, sabía que morir solo era cambiar.

Pero no siempre ocurría eso y mi rabia era tal que en alguna ocasión morí a tu lado poco después. Cuando sobrevivía de alguna manera sabía que te hallaría de nuevo, pero esa misma existencia parecía carecer de sentido sin tus ojos dándome luz. Cuando partías una nostalgia inmensa me recorría el cuerpo y me derrumbaba en el suelo. Cuando pasaban los días y los años sólo deseaba encontrarte de nuevo y mi vida se marchitaba. Con el paso del tiempo una duda llegó a mi corazón. No sabía si esa necesidad de ti era por un vínculo que trascendía la vida y la muerte o por la necesidad de reparar mi error, la búsqueda de una nueva oportunidad y de amarte más aún.

Algunas vidas confundí ese amor con el de una pareja, pero en el fondo sabía que había algo más. Yo seguía necesitándote, extrañamente sintiéndome enlazado a ti aunque estuvieras lejos. Me sentía a veces mal, dudando si efectivamente mi necesidad de darte era mi deuda o el amor puro es eso y sólo consiste en dar sin pensar si quiera en recibir.

A veces redimir esa culpa no servía para nada y otras, cuando me encontraba de nuevo contigo era demasiado tarde, no recordaba nada. Vida tras vida, muerte tras muerte siempre te hallaba. Descubrí en el insondable templo del recuerdo que no siempre te había amado y que algunas veces esos puros sentimientos habían mutado incluso en odio. Te odié y me odiaste, como carencia de amor, como lo que es en verdad el odio, nada más que un vacío de amor, un inerte espacio que sólo desea llenarse.

Te he visto dispararme, abatirme de un tiro certero en el alma y caer, con las alas rotas, rumbo al frío suelo. Mientras caía pude ver en tus pupilas tu asombro, pues en ese preciso instante habías recordado quien era, sin posibilidad de ir hacia atrás. Te he visto derrumbarte conmigo, aterrorizada por tus actos, impregnada tu alma de una culpa que corroe. Y yo hice igual, te maté, te derribé, te perseguí hasta dejar de verte respirar. Cuando acabaste con mi vida, como un fantasma no me he marchado. He estado contigo alguna de esas vidas, acompañándote en el silencio de tu vacío sin que te dieras cuenta de que estaba a tu lado. Luego has vuelto a morir, y no recordabas nada. Después, era yo el que nada recordaba.

Una vez te contemplé profundamente triste porque no aceptabas que nuestros caminos estaban enlazados desde hace eones. Tus ojos empapados reventaban en llanto, me amabas, pero no sabías de dónde provenía ese amor y te negabas a ti misma el que trascendiera nuestros cuerpos, el tiempo e incluso las estrellas.

Tu tristeza era tal que tu mente no podía soportar más el no poder abarcar tu propia realidad. Te vi enloquecer, negándote tal maravilla, cerrando tu corazón, cayendo en el más profundo de los abismos. Ese día aprendí a no forzarte nunca más, a no pedirte creer. Comprendí que cada uno tiene su camino y esos caminos a veces debemos andarlos varias veces. Mi amor por ti debía ser tal que respetara incluso que me negaras, incluso que te perdieras para hallar de nuevo tú sola el camino.

De nada sirve el amor si es lastre, si uno depende del otro. Entonces el amor es yugo, es cuerda que ata, es cadena que esclaviza. No te quería prisionera de mi amor, ni yo depender de si me amas o no para ser pleno. Descubrí que el verdadero amor es no necesitar a nadie, y es necesitar a todo el universo. Puedo vivir sin ti pero estás en todo. No puedo sentirte lejos cuando me rodeas siempre y en todo lugar, cuando no puedo separarte de todo lo demás.

Con el paso de los siglos, de los milenios, aprendí tanto como olvidé. Contemplamos juntos cómo nacían estrellas y también cómo estallaban planetas. Viajamos de estrella en estrella buscándonos a nosotros mismos, a veces perdiéndonos más aún sin darnos cuenta y otras hallándonos en el amor con el que dábamos nuestras vidas. Olvidábamos y recordábamos, ese era el ciclo de perfección, como un juego, como un círculo sin fin donde sí tenía sentido la palabra infinito. Nuestro juego favorito era entrar de nuevo en una mente limitada, por el tiempo, el espacio, y buscarnos.

Fuimos uno, dos, tres y muchos más. Te amé siendo tú femenino y masculino, incluso ambas y ninguna de las dos cosas. Te amé fueras lo que fueras, tuvieras el rostro que tuvieras, me amaras tú o no. Te amaba de todas las formas posibles. El sexo no era más que un lenguaje más, como las miradas, los besos, las caricias o las palabras, decir que nos amábamos en el más hermoso silencio. Esa atracción a veces surgía y otras quedaba latente, porque tú esencia y la mía era del mismo signo o por otras complicadas razones.

Pero siempre te amé, fuera como fuera. Fuimos madre e hijo, hermana y hermano, nieta y abuelo, soldado y capitán, esclavo y señor, enemigo y amigo. Por eso aprendimos tanto, porque vivimos todas las combinaciones. ¿Quién puede respetar más la vida que quien la ha perdido y la perdonado, que quien la ha arrebatado y la ha dado?

Sin darme cuenta el amarte siempre y en cada lugar, el reconocerte en todos lados me llevó a amarme a mí mismo más de lo que me había amado antes. Comprendí que no acababa yo para que comenzaras tú, ni tu final era mi principio. Infinitamente te hallaba en todo, te amaba infinitamente siempre. Aprendí a verte en cada puesta de sol, en cada piedra, en cada flor. Cada animal que surcaba el cielo, cada aroma que respiraba eras tú. Cada ser, animado o no eras tú y comencé a amarte fueras lo que fueras.

Cuando llegué a este pequeño planeta esmeralda por primera vez reconocí tu alma en la suya. Otro juego, otra escuela, otra enseñanza. Vibraba su corazón como el tuyo y tu nombre inundaba sus océanos. Por eso me quedé, para darme, para hallarte, para encontrarme. Invente una nueva existencia, esta vez a tu lado, porque ya sabía que nunca estarías lejos, sino tan dentro de mí que serías yo mismo.

Ahora me es más fácil verte en cada rostro, aunque te reconozco en muy pocas miradas. Recorro el planeta de nuevo, como ese vagabundo del universo que soy, y vuelvo a reencontrarme contigo. No siempre me recuerdas, y la mayoría de las veces me ignoras. Incluso yo hay momentos en que olvido mi pacto y me dejo llevar por la ira; disculpa mi falta de paz en estos momentos de confusión pero esta mente me limita y a veces me vence.

Hoy una niebla me inunda, nos inunda a todos en este momento de cambio. Somos los mismos, en esencia, tú y yo, pero no nos vemos bien, nos confundimos y hasta nos golpeamos en la oscuridad, tratando de hallar la salida presos del miedo. Sólo unas pocas veces en tu mirada hallo la paz, y estás lejos. Cruzo océanos para buscarte y no deseo separarme de ti, te traigo a mi lado, pero te vuelvo a hallar si te vas lejos. Duermes a mi lado, y dentro de mis sueños, pero a veces te siento lejos.

Sé que ahora eres todos, mis hermanos y mis hermanas, cada uno de los seres de este diminuto planeta de agua. Te amo en todos, en todo, aunque es difícil, y muchos se rinden. Lo que más me entristece es verte descorazonada, pensando que hablar de esto puede ser negativo. Soy lo que soy, amo como amo. No me avergüenzo de nada y cuanto más me abro, cuanto más me doy más poderoso me hago. Poderoso en el amor, fuerte en el alma, imbatible en el vuelo de la libertad.

Mis alas baten con fuerza y emprendo un nuevo vuelo. Tus alas suena rompiendo el aire y me sigues de cerca. Giramos, viramos, caemos y nos alzamos. Somos uno, dos, seis, somos todos. Nuestro vuelo es el mismo, nuestro cielo es el mismo.

Es el amor lo que me da fuerza, el amor a lo que en esencia somos, no en lo que nos quieren convertir. Negarnos a nosotros mismos es anularnos, aniquilarnos. Y somos infinitos, no podemos adormecernos. Estoy cansado de dormir, quiero despertar. Vuelo de nuevo a tu lado, contigo, en ti. Te amo, como siempre, por siempre. Ya no hay distancia entre tú y yo, no hay espacio que nos separe, somos uno. Soy este, soy yo, soy tú, soy. Tus alas, mis alas, volar.

(Fotografías realizadas con Lensbaby Composser).

Hace años que Fiore, mi mujer, conocía el trabajo de Yoshiro Tachibana, el conocido pintor japonés afincado en Galicia. En un arrebato de desesperación por el calor que hacía por el sur buscamos una escapada y decidimos de pronto visitar a Yoshiro para conocerlo ya que nos había invitado. Fuimos con la intención de comprarle algún cuadro y así hicimos. Pero lo más increíble fue el viaje en sí, como sucede siempre en la vida.

Conocimos a más gente, A Benito y sus hijos y más gente mágica que se cruzó por nuestro sendero. Ya saben que yo hablo mejor con imágenes, así que aquí las tienen. Sí, todas son con objetivo descentrable manual, osea un till sifht (nikkor pc-e 45 2.8 manual).

Gracias Yoshiro, Nino para los amigos, por tu hospitalidad y tu cariño. Nos volveremos a ver. Siento no haber visitado a tantos amigos en Galicia, pero fue un viaje relámpago. Besos y abrazos a todas y todos!!

Sí, el gatito al final se vino con nosotros al sur, para una amiga.

Llevo más de 25 años viviendo en esta zona y nunca me había cruzado con uno. Había visto sus huellas, los había escuchado desde mi casa, había hallado en paseos sus madrigueras, restos de sus travesuras, pero nunca me había cruzado con un zorro vivo. Sus ojos me hablaron, diciendo muchas cosas, quizás demasiadas y ahora estoy asumiéndolas.

Todos estos años y ninguna vez nos cruzamos en el camino. Pareciera que se guardasen para un gran encuentro, uno mágico que me reportara más gozo que haberme acostumbrado a su presencia. Quizás como dice El principito, esto de los encuentros es paulatino, lento como la verdadera amistad. Uno se va acostumbrando poco a poco al otro y comienza a conocerle.

La verdadera amistad es aceptar al otro tal y como es, sin esperar nada a cambio. El ser humano siempre pretende confiar pero los que son nuestros mejores amigos son esos en los que jamás dudaremos. Pase lo que pase, sabemos que ellos pondrían la mano en el fuego por nosotros, no sólo que no nos traicionarían, sino que ni se les pasaría por la cabeza pensar mal de nosotros. Eso amo de mis amigos, que siempre me dan la oportunidad de explicarme y ya de antemano saben que si me equivoco jamás lo hice con mala intención.

Los mejores amigos son esos que están en la distancia y nada perturba esa amistad. Pueden pasar años sin vernos y el día que lo hacemos pareciera como si no hubiera pasado el tiempo. Eso lo veo mucho en mis amigos del norte y del sur. Es cierto que en el norte a uno le cuesta más entrar en el corazón de la gente, pero una vez lo logra es para siempre. Sin embargo en el sur la gente suele comentar lo abierta que es la gente, pero luego es complicado implicarse de verdad y contar con esas personas cuando es necesario.

Es complicada la amistad. Un zorro le enseñó a El principito que requiere paciencia pero que también un poco de tristeza recae sobre esa responsabilidad. Luego añoramos a la gente que sentimos cerca, estén lejos o cerca. Me gustaría estar con tanta gente, compartir más momentos con algunos que tengo lejos. Pero acepto que es lo que hay, y que esos amigos, si lo son de verdad, permanecen presentes en la lejanía, palpitantes aguardando la próxima vez que se unan nuestros caminos. La despedida es necesaria para el reencuentro, dice siempre mi amigo Richard Bach. Por eso no me gusta decir «adiós», sino «hasta siempre». Para resumirlo y que no suene tan fuerte suelo decir «ciao» y lo repito dos veces, para que resuene como dos besos.

Gracias a todos esos amigos que estáis escondidos, que dejáis trazos y huellas en mi vida. Algún día, como al zorro, os hallaré. Yo sólo quiero eso, que mi paso por este pequeño planeta sea positivo. Quiero que mi presencia halla cambiado la vida de algunos, para bien. Algunas personas por su carácter suelen llamar la atención y dan que hablar, o que pensar. No sé cómo me las apaño, pero siempre tengo que dar la nota. Es como si me obsesionara dejar esa huella, dejar claro que estoy aquí. A veces me da vergüenza pero algo de dentro me lleva a ser público. Es complicado de explicar.

Sea como fuere pretendo solo eso, que la gente, sea consciente o no, tenga una vida mejor por algo que en algún momento dije, hice o… no sé… una foto, una palabra, una canción, un cuadro. Por eso quizás hago tantas cosas, para dejar huella. Esta vida es mágica, y el carrusel giran muchos amigos a nuestro lado. Cuando me baje, quiero que no me echen de menos, que no vean mi hueco, sino que sientan que ellos son mejores de alguna manera. De la misma forma, ellos me llenan, los de verdad, los auténticos. Me hacen mejor persona, me cambian, me evolucionan. Gracias amigos, gracias.

Me parece casi doloroso comprobar que todo sigue igual, que el sol ha seguido brillando y la luna ha salido por sobre las montañas. Ahora ilumina mi rostro y la brisa me acaricia, pero también acaricia los árboles y la escucho entre las hojas afiladas de los pinos. No comprendo porqué todo no cesa un segundo su danza, como en un duelo de amor callado, como una pausa eterna en un segundo.

Ahora comprendo que así ha sido, que por un instante todo ha enmudecido, todo ha quedado inmóvil y en silencio. Solo que yo no estaba mirando, porque estabas mirando tú. Ante tu mirada, presente, nada se ha movido, pero no por tristeza, sino para revelarte presente en todo, desde la más fina hoja de pino a la distante luna casi llena.

Casi vacío me quedo por momentos, pero irrumpes con fuerza para susurrarme que no piense de esa forma. Quieres que te vea en cada chispa de vida, en cada montaña, en cada roca, en cada flor. Me dices que somos todo, que siempre lo fuimos y siempre lo seremos. Que no dejamos de formar parte del todo como el todo no deja de ser parte de nosotros mismos.

Unos fuegos artificiales comienzan su danza en el horizonte ajenos a que no quiero celebrar nada. Pero su luz, su color, su viveza te trae presente y me recuerda tu sonrisa y tus órdenes de que nadie te recuerde con tristeza. Tu luto serán los colores que palpitan, como el corazón que en vez de detenerse ahora da vida a todo el universo.

Una ráfaga de truenos sacude las montañas, haciendo temblar mi pecho. Siento que esta es mi forma de llorar, de que mi corazón recite su tristeza, de que mi alma te cante, cantándole a la vida, a el amor que nada puede apagar. Un silencio apaga la noche tras el último trueno, y en el relámpago, en el sonido, y en el mismo silencio estás presente. Siento que este es mi grito, al cosmos entero, al infinito que hay más allá del horizonte.

No sé bien dónde, ni cómo, pero te siento. Ya conozco esta sensación y me ha acompañado los últimos doce años. Ahora estás, latiéndome dentro y cada palabra mía es tu canto de esperanza. Quizás nadie lo entienda, quizás nadie lo oiga, pero dentro de mí escucho tu canción.

No todo sigue igual, todo ha cambiado. Cada rama de los árboles, cada pájaro que duerma en ellas es mecido por este canto. En silencio suena una caja de música y una bailarina gira eterna con una pierna en el aire. Ese es mi recuerdo, la imagen, bailando la danza de la vida, eterna, aunque algunos no comprendamos que sigues ahí ni oigamos a veces la música. Algún día, todos entenderemos la melodía, sabremos las notas que la componen, su ritmo, su cadencia, y… aprenderemos a componer una nueva canción hilando la anterior, en una cadena de amor y de presencia sin fin.

Hasta entonces, no te guardo dentro, porque te hallo en todo. No te relego al recuerdo porque te tengo presente. No me torturo reviviendo cada momento contigo porque cada instante presente estás. Y estarás, siempre.